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El pensamiento de la empresa.
El sentimiento del consumidor.


Toda acción humana, individual o grupal, es una expresión de identidad y un soporte de imagen. Planificada o espontánea, la actitud de comunicar se desarrolla sobre el eje establecido entre el pensamiento del emisor y el sentimiento del receptor, entre la gestión racional de la empresa y el impulso motivacional del consumidor. En los dos grandes hemisferios de ese cerebro que conforman la compleja dinámica de la productividad y el consumo, cada producto y cada servicio, determinan una forma de comunicación, aún desde la más modesta inserción en el circuito comercial, donde las marcas establecen o consolidan una relación con el consumidor por las sensaciones de la percepción o las emociones de la experiencia.

Marçal Moliné, referente obligado en el diseño de estrategias de marketing y comunicación publicitaria, sostiene que “el efecto de la marca es el afecto. Especialmente en la vida y el entorno del siglo XXI donde las personas necesitan referencias para afianzar su propia identidad, la marca se apoya en las necesidades emocionales del ser humano y no en las razones perecederas de los productos”.

Un whisky es una bebida alcohólica para el indiferente o el abstemio, o un licor espirituoso para el conocedor o el adicto; especialmente en este último caso porque es quien necesita calificar de esa manera para justificarse. Sus efectos extremos son la embriaguez de la frustración, de la pena o de la euforia, y en cualquiera de esas instancias está vinculada con los sentimientos.

Pero la botella de Chivas Regal expresa mucho más que la nobleza de su contenido. En realidad fue diseñada para el espacio de un habitat donde cada componente debe expresar estilo y refinamiento.

Un reloj sirve para medir el tiempo, casi silenciosamente, pero un Rolex es una señal evidentísima de pertenencia o, por lo menos, de aspiración.

La harina de trigo, un insumo más importante por su esencia que por su marca, es el resultado de un proceso agroindustrial, pero el pan es un símbolo universal de alimento para el cuerpo y la hostia la máxima purificación del alma.

Y en todos los casos se impone la marca, imprescindible hasta para citar los anteriores ejemplos, en su larga metamorfosis enriquecida en forma y contenido. Desde el grafismo tosco al diseño de rigurosa elaboración.

Desde signo en la Antigüedad, discurso en la Edad Media, sistema memorístico en la economía industrial, hasta hoy como un fenómeno complejo de economía de información, cultura de servicio y sociedad del conocimiento.

En una estupenda columna publicada en La Nación, nuestro insigne papábile, el Cardenal Jorge Mario Bergoglio expresa: “La profesión de comunicadores y la tecnología de los medios de comunicación social permiten hoy llegar muy lejos y muy dentro del corazón humano, allí donde se toman las decisiones importantes”...

“A semejanza de la Palabra creadora de Dios, los comunicadores con la sola palabra pueden recrear o crear una imagen de la realidad”.

La profunda claridad teológica del Cardenal Bergoglio aporta un reflexivo manto de luz sobre algunas zonas aún oscuras de las disciplinas de la comunicación.

Si información es cuando hablamos y comunicación cuando nos escuchan, el pensamiento de la empresa solo es válido cuando interpreta el sentimiento del consumidor. Cuando le habla en su idioma sin subestimarlo. Cuando le aporta conocimientos sin ignorarlo. Cuando lo entretiene o lo divierte sin ridiculizarlo.

Con más de dos dedos de frente, la distancia entre lo que ven sus ojos y lo que determina su cerebro.O lo que Bertrand Russell llamaba “la dolorosa necesidad del pensamiento”.

ADOLFO SCALONE



 
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